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                 Quiero que sepas 
 una cosa. 

 Tu sabes como es esto: 
 si miro 
 la luna de cristal, la rama roja 
 del lento otoño en mi ventana, 
 si toco 
 junto al fuego 
 la impalpable ceniza 
 o el arrugado cuerpo de la leña, 
 todo me lleva a ti, 
 como si todo lo que existe, 
 aromas, luz, metales 
 fueran pequeños barcos que navegan 
 hacia las islas tuyas que me aguardan. 

 Ahora bien, 
 si poco a poco dejas de quererme 
 dejare de quererte poco a poco. 

 Si de pronto me olvidas 
 no me busques 
 que ya te habre olvidado. 

 Si consideras largo y loco 
 el viento de banderas 
 que pasa  por mi vida 
 y te decides 
 a dejarme a la orilla 
 del corazon en que tengo raices, 
 piensa 
 que en este dia, 
 a esa hora 
 levantare los brazos 
 y saldran mis raices 
 a buscar otra tierra. 

 Pero 
 si cada dia, 
 cada hora 
 sientes que a mi estas destinada 
 con dulzura implacable. 
 Si cada dia sube 
 una flor a tus labios a buscarme, 
 ay amor mio, ay mia, 
 en mi todo ese fuego se repite, 
 en mi nada se apaga ni se olvida, 
 mi amor se nutre de tu amor, amada, 
 y mientras vivas estara en tus brazos 
 sin salir de los mios.
 

.

ERES TODA DE ESPUMAS
Eres toda de espumas delgadas y ligeras
y te cruzan los besos y te riegan los días.
Mi gesto, mi ansiedad cuelgan de tu mirada.
Vaso de resonancias y de estrellas cautivas.
Estoy cansado: todas las hojas caen. Mueren.
Caen, mueren los pájaros. Caen, mueren las vidas.
Cansado, estoy cansado. Ven, anhélame, víbrame.
Oh mi pobre ilusión, mi guirnalda encendida.
El ansia cae, muere. Cae, muere el deseo.
Caen, mueren las llamas en la noche infinita.
Fogonazo de luces, paloma de gredas rubias,
líbrame de esta noche que acosa y aniquila.
Sumérgeme en tu nido de vértigo y caricia.
Anhélame, retiéneme.
La embriaguez a la sombra florida de tus ojos,
Las caídas, los triunfos, los saltos de la fiebre.
Ámame, ámame, ámame.
De pie te grito: quiéreme.
Rompo mi voz gritándote y hago horarios de fuego
en la noche preñada de estrellas y lebreles.
Rompo mi voz y grito. Mujer, ámame, anhélame.
Mi voz arde en los vientos, mi voz que cae y muere.
Cansado. Estoy cansado. Huye. Aléjate. Extínguete.
No aprisiones mi estéril cabeza entre tus manos.
Que me crucen la frente los látigos del hielo.
Que mi inquietud se azote en los vientos atlánticos.
Huye. Aléjate. Extínguete. Mi alma debe estar sola.
Debe crucificarse, hacerse astillas, rodar,
verterse, contaminarse sola,
abierta a la marea de los llantos,
ardiendo en el ciclón de las furias,
erguida entre los cerros y los pájaros,
aniquilarse, exterminarse sola,
abandonada y única como un faro de espanto.

EL INCOSTANTE
Los ojos se me fueron
tras de una morena que pasó.

Era de nácar negro,
era de uvas moradas,
y me azotó la sangre
con su cola de fuego.

Detrás de todas
me voy.

Pasó una clara rubia
como una planta de oro
balanceando sus dones.
Y mi boca se fue
como  con una ola
descargando en su pecho
relámpagos de sangre.

Detrás de todas
me voy.

Pero a ti sin moverme,
Sin verte, tu distante,
Van mi sangre  y mis besos,
morena y clara mía,
alta y pequeña mía,
ancha y delgada mía,
mi fea, mi hermosura,
hecha de todo el oro,
y de toda la plata,
hecha de todo el trigo
y de toda la tierra,
hecha de toda el agua
de las olas marinas,
hecha para mis brazos,
hecha para mis besos,
hecha para mi alma.

LA DESDICHADA
La dejé en la puerta esperando
y me fui para no volver.

No supo que no volvería.

Pasó un perro, pasó una monja,
pasó una semana y pasó un año.

Las lluvias borraron mis pasos
y creció el pasto en la calle,
y uno tras otro como piedras,
como lentas piedras,
los años
cayeron sobre su cabeza.

Entonces la guerra llegó,
llegó como un volcán sangriento.
Murieron los niños en las casas.
Y aquella mujer no moría.

Se incendió toda la pradera.
Los dulces dioses amarillos
que hace mil años meditaban
salieron del templo en pedazos.
No pudieron seguir soñando

Las casas frescas y el verandah
en que dormí sobre una hamaca,
las plantas rosadas, las hojas
con formas de manos gigantes,
las chimeneas, las marimbas,
todo fue molido y quemado.

En donde estuvo la ciudad
quedaron casas cenicientas,
hierros torcidos, infernales
cabelleras de estatuas muertas
y una negra mancha de sangre.

Y aquella mujer esperando.

LA REINA
Yo te he nombrado reina.
Hay más altas que tú, más altas.
Hay más puras que tú, más puras.
Hay más bellas que tú, hay más bellas.

Pero tú eres la reina.

Cuando vas por las calles
nadie te reconoce.
Nadie ve tu corona de cristal, nadie mira
La alfombra  de oro rojo
que pisas donde pasas,
la alfombra que no existe.

Y cuando asomas
suenan todos los ríos
de mi cuerpo, sacuden
el cielo las campanas,
y un himno llena el mundo.

Sólo tu y yo,
sólo tu y yo, amor mío,
lo escuchamos.

UN HOMBRE ANDA BAJO LA LUNA
Pena de mala  fortuna
que cae en mi alma y la llena.
Pena.
Luna.

Calles blancas, calles blancas.
Siempre ha de haber luna cuando
por ver si la pena arranco,
ando
y ando.

Recuerdo el rincón oscuro
en que lloraba en mi infancia.
-Los líquenes en los muros.
-Las risas a la distancia.

Sombra. Silencio. Una voz
que se perdia.
La lluvia en el techo. Atroz
lluvia  que siempre caía,
y mi llanto, húmeda voz
que se perdía.

Se llama y nadie responde.
Se anda por seguir andando.
Andar, andar. ¿hacia donde?
¿y hasta cuando?

Amor perdido y hallado
y otra vez la vida trunca.
Lo que siempre se ha buscado
no debiera hallarse nunca.

Uno se cansa de amar.
Uno vive y se ha de ir.
Soñar. ¿para que soñar?
Vivir. ¿para que vivir?

Siempre ha de haber calles blancas
cuando por la tierra grande
por ver si la pena arranca
ande
y ande.

Ande en noches sin fortuna
bajo el vellón de la luna,
como las almas en pena.

Pena de mala fortuna
que cae en mi alma y la llena.
Pena.
Luna